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El caballo para el rejoneo tiene que ser una herramienta perfectamente
equilibrada, con toda la ligereza posible. La compenetración
entre el rejoneador y su montura tiene que ser tal, que el
jinete piense y el caballo ejecute sin dudar ni un instante.
Si el caballo está perfectamente domado, el rejoneador da
las ayudas por actos reflejos, y no tiene que pensarlas, por
lo que podrá centrar su atención en el toro.
Al caballo de rejoneo hay que domarle, afinarle, tenerle obediente
y ligero en los movimientos. Es importante que el animal esté
reunido; y para ello, hay que tener perfectamente conseguidos
todos los movimientos y el galope perfeccionado al máximo,
dominándole a cualquier velocidad, lo mismo por derecho, que
en giros, que en apoyos, sean laterales o diagonales.
Para elegir un caballo de rejones hay que ver que tenga buen
temperamento, que sea generoso, que galope bien, con soltura,
que físicamente esté bien proporcionado, que tenga
prestancia, que se exprese sintiendo al toro, es decir que
se sienta artista y transmita al público. Que tenga velocidad
para la salida, belleza para banderillas y valentía para matar.
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El caballo de paseíllo
El
paseíllo en una corrida de rejones tiene su importancia, pues
el público siempre agradece un paseíllo bien hecho. El caballo
utilizado en el paseíllo debe ser cuanto más espectacular
mejor, de tamaño medio, tirando a grande. Su doma tendrá que
ser lo más perfecta posible. Los aires que más se utilizan
son el passage y el paso español.
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El caballo de salida
La
finalidad principal de las suertes de recibo es parar al toro,
templar y fijar su embestida; además de restarle fuerza mediante
los rejones de castigo, midiendo ésta y dejándole algo más
de la justa para poder matarlo. Para el primer tercio se requiere
una cabalgadura muy manejable, con una cuidada doma, que tenga
potencia y velocidad, y que se doble con el toro en círculos
pequeños para poderle. Debe ser, por lo tanto, un caballo
muy poderoso, reunido, muy ligero, tanto en obedecer como
en rapidez, con el galope afinado al máximo, con buena boca
y muy seguro. Los caballos cruzados (anglo-lusos, anglo-hispanos...)
son los que más se utilizan para saludar al toro en la plaza.
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El caballo de banderillas
Una
vez que el toro está ahormado con los rejones de castigo,
se cambia de caballo. El tercio de banderillas es el más artístico
y el más vistoso, en el que se basa el éxito de la faena.
Aquí es donde se saca el caballo maestro de la cuadra. Se
trata de mostrar la doma y la aptitud de la cabalgadura. Por
ello, se requiere un caballo más artista a la hora de ejecutar
las suertes; que tenga armonía, expresión y que se sienta
torero. Un animal menos veloz, pero ágil, con temple y con
valor, que les llegue cerca a los toros y no proteste, y que
se doble para realizar bien las suertes. Además, tendrá que
estar lo suficientemente bien domado para poder ligar las
suertes con facilidad. El caballo más torero será aquel que
vaya con armonía, presumiendo, con tranquilidad, la cara colocada,
expresiva; que sienta al toro, que ponga las orejas hacia
atrás, que lo mire, que lo engañe, que toree por si mismo,
que mida las distancias no dejándose tocar, pero llegue tan
cerca que permita al rejoneador clavar al estribo, al mismo
tiempo que saca la grupa y rodea el pitón derecho, saliendo
por el rabo del toro. En estas características se ajusta un
caballo español, lusitano o hispano-árabe, ya que sus aires
poseen expresión y belleza a raudales y su nobleza facilitará
la doma.
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El caballo del último tercio
La
realización eficaz del tercio de muerte es fundamental a la
hora de conseguir trofeos. La principal virtud del caballo
de matar es la valentía. El animal debe ir despacio y derecho
al toro, debe ser capaz de llegarle muy cerca y hacer una
reunión ajustada. Es importante, además, que tenga un galope
suave, que permita al jinete no moverse de la montura para
clavar con mayor precisión.
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